Con amor y devoción, una mujer instala una improvisada mesa. En ella, coloca deliciosas guaguas de pan, coladas, dulces, y pone los puestos para cada uno de sus muertos queridos. Primero, es el turno de los niños. Mientras la comedia desaparece, sus finas voces hacen elocuente el placer que les procura la comida. La mesa se pone nuevamente, esta vez para los adultos. El trabajo de la mujer es duro, pero a ella no le importa. Después de dos días, limpia la mesa y tiende su cama en ella. Satisfecha se acuesta, espera a su difunto marido para que por ella venga. “Sobremesa” captura ritos ancestrales en honor a los muertos en día de difuntos en la península de Santa Elena. El resultado es es tan común y verdadero como extraordinario y místico. La imagen está llena de belleza y el efecto sobrecogedor.