A 100 kilometros aproximadamente de de Moscú, Mikhaïl Morozov, en sus cincuentas y barrigón, reina en el pueblo de Durakovo, literalmente “pueblo de locos”, en ruso. Aquí vienen aquellos, jóvenes con frecuencia, que desean romper con la vida moderna y sus tentaciones: el alcohol o la droga, y que además aspiran a una disciplina rigurosa. Si no es su deseo, es el de sus padres. Durakovo es un modelo de “democracia dirigida”, un concepto que está a la moda en la Rusia de Vladimir Poutine. Un hombre de negocios que hizo fortuna, Morozov, cristiano ortodoxo convencido, creó una micro-sociedad puesta bajo la autoridad de Dios, funcionando bajo un sistema casi feudal heredado de la época de los zares. La realizadora Nino Kirtadzé ilumina con una rara vivacidad uno de los rostros de la Rusia actual, de una fracción de su población nostálgica de un poder fuerte, religioso y nacionalista.