Por Ramiro Noriega
“Todos saben que Santiago es el nombre del primer martir católico”.
Esta frase bienintencionada, no obstante, esconde otra macabra, al menos desde el punto de vista pedagógico: nadie sabe que significa, hoy por hoy, eso de ser “el primer martir católico”. ¿Será que el cine documental sirve para iluminar este conflicto? No seré yo quien lo compruebe.
Pero João Moreira Salles, tal vez sí. Tal vez a él le podamos encomendar la tarea.
Es que João, como algunos saben ya, tenía un mayordomo de nombre Santiago. He dicho “tenía” a propósito, para insistir sobre el hecho de que Santiago, el mayordomo, era una suerte de esclavo –de sirviente, digamos– de la aristocrática familia de João Moreira Salles, el niño rico. El niño bien. Es que en el verbo tener, me parece, cabe muy bien la palabra “mártir”.
Tengo un mártir en la casa, digo…
O visto de otro modo, el verbo tener es de aquellos que dejan suponer –a ver si me entienden– la existencia del mártir, como si el mártir fuera inherente a la noción del tener: hay mártires porque otros “tienen” algo que yo no tengo. En el caso de Santiago, el bíblico, él es el martir de los que tienen el poder. Eso es, ni más ni menos.
Desde ahí, entonces, el “Santiago” de Moreira Salles es una suerte de reedición del Santiago bíblico, de no ser porque éste, a pesar de todo, es mucho más chic que el otro (chic, he dicho chic). En primer lugar, éste es argentino, el otro no. Y además es héroe en Brasil, lo que lo hace doble, o triplemente heróico. O más fácil, es un superhéroe. El otro no.
El Santiago de Moreira Salles habla en francés, en inglés, en portugués, y pareciera que pudiera hablar en muchas más lenguas, todas vivas, ni una muerta. El otro no.
El Santiago de Moreira Salles no está, ni es, bañado en sangre. El otro sí.
Éste sobrevive. El otro también, si sobrevivir es tomado como sinónimo de trascender.
Pero, entre el uno y el otro hay algo más significativo, y eso es el cine. Así, el “Santiago” de Moreira Salles ya no es solo el alter ego del “Santiago-primer-mártir-católico” sino, sobre todo, su reflejo. Y es en esta condición de reflejo donde este “Santiago” se vuelve lo que es: cercano, entrañable, extraordinario, que es como decir “se vuelve memorable”.
Esta idea de lo memorable resulta crucial, tan crucial como la idea del mártir que no es otra, como ya todos lo habrán determinado, que la de servir de huella –de constancia– de algo. Así, el tal “Santiago” no es simplemente el mártir de João. Es algo más. Es su memoria y el camino por el cual el joven João Moreira Salles, el niño bien, descubre que su sirviente no es la única víctima de la existencia, sino él. En otras palabras, el Santiago de João, que es lo mismo que decir el mártir de João, es el medio por el cual João se descubre protagonista de una historia estúpida de la que hubiera preferido no ser parte y sin embargo…
Y esto es precisamente lo más bello de este juego de coincidencias que, estiradas de este modo, muestran que no hay mejor historia que aquella que cuenta a la vez que descuenta, que miente a la vez que certifica. En fin, todo esto para decir simplemente que Santiago es una gran película, que ya es decir bastante, aunque nadie, en el fondo, sepa muy bien lo que eso significa.