EDOC 7 > EL OTRO CINE

El país donde se vive de las ilusiones

Por María Campaña Ramia

Bernhard Hetzenauer es un cineasta austriaco, nacido en 1981 y educado en la Universidad de Artes Aplicadas de Viena. Cuando estaba por terminar la universidad, vino a Ecuador, particularmente a Ambato, donde conoció a los personajes de su largometraje de fin de estudios, Todos nos hacemos ilusiones.
El filme habla de un grupo de muchachos de bajos recursos y con problemas de adaptación ―algunos provenientes de la costa, una desplazada Colombiana y otros propios de la provincia de Tungurahua― que conviven en un albergue mantenido por un grupo de religiosas en Huachi Chico (cerca de Ambato) y juntos nos cuentan sus historias y hablan de sus deseos de superación.
Hetzenauer se implica muchísimo en la narración de su película, desde el título mismo en primera persona, aunque en plural. Si bien es cierto Todos nos hacemos ilusiones es la historia de un grupo de adolescentes que encuentran en la música folklórica un camino para mitigar sus conflictos, es por otra parte la historia de un joven austriaco (mucho más privilegiado) que descubre en un viaje al ‘tercer mundo’ otras formas de relacionarse con la vida, más descomplicadas, más optimistas, más felices, lo cual le emociona al punto de ‘enamorarse’ de sus personajes, a los que incluso llega a idealizar.
La voz en off, muy introspectiva y sincera, dulce sin ser melosa, es un elemento muy importante de la película. Ella realza un punto de vista y no la pura observación extranjera y conecta la historia personal del cineasta con la de los sujetos a los que filma. Aunque pueda haber algo de inocencia en la forma como Hetzenauer se aproxima al tema, sale ganando la profunda empatía que siente por los jóvenes y sus complicadas historias de vida y esto, como espectador, interpela: ¿tenía que ser un austriaco quien nos sacudiera con una historia tan nuestra?
Todos nos hacemos ilusiones es una película muy tierna, con momentos memorables como cuando los personajes van sentados en el balde de una camioneta ―tapados con un plástico, riendo casi sin notar la lluvia que los está mojando― mientras que el director los graba desde la cabina, a través del vidrio cubierto de gotas, como queriendo participar, y sin poder, de esa actitud tan linda de la adolescencia, cuando toda pena es menor y una pequeña irresponsabilidad alimenta los sueños. 

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