Por María Campaña Ramia
En Canadá, la operación de cam-bio de sexo es parcialmente subvencionada por la salud pública. En Ecuador, una transgénero no tiene derecho a cedularse y, por lo tanto, no puede asumir legalmente su identidad.
She’s a Boy I Knew y A imagen y se-mejanza son dos películas importantísimas para la programación de los EDOC, más aún cuando se las pone en paralelo y salta entonces a la vista el oscurantismo que todavía se vive en nuestro país cuando de temas de identidad sexual se trata.En She’s a Boy I Knew, la cineasta canadiense Gwen Haworth documenta su proceso de cambio de sexo de hombre a mujer, no desde la pers-pectiva médica sino más bien desde la confesión íntima y delicada de un ser humano muy valiente que asume su identidad sexual y la discute con la gente a la que ama (su ex-mujer, sus padres, sus hermanas, su mejor amigo de toda la vida). Se trata de un documental-espejo narrado de forma muy limpia pero con una complejidad enorme contenida en los subtextos.
Si She’s a Boy I Knew termina siendo un viaje a través de la tolerancia familiar, A imagen y semejanza (casualmente un filme de fin de estudios lo mismo que el de Haworth) es el reflejo absoluto de la intransigencia y doble moral que todavía nos carcome.
En su película, la realizadora guayaquileña Diana Varas se acerca más bien a un estudio antropológico y sociológico. Al valerse de entrevistas y algunas secuencias de cine directo o provocadas (la confrontación en el Registro Civil o el paseo por el Malecón 2000 de uno de sus personajes) la cineasta detalla la relación tan difícil de varias transgéneros con el espacio en el que se desenvuelven, particularmente la península de Santa Elena, además de sus esfuerzos por ser aceptadas como ciudadanas de verdad, con los mismos derechos y libertades que deberían ser comunes para todos los ecuatorianos.