Por Santiago Rosero C.
Decir solamente que Septiembres es una película que trata sobre cómo puede vivirse el amor en estado de reclusión, sería otorgarle un panorama parcializadamente optimista a un estado de cosas que funciona atravesado por bastantes más factores de complejo carácter.
Es cierto que su pulcro estilo de filmación y la filmación de lo pulcro que aparentan los reclusorios visitados determina una mirada positiva, hablándolo en los términos más básicos, sobre un sistema y sus historias de vida que a mis ojos tiene más de barrotes enmohecidos que de baldosas relucientes: el sistema penitenciario.
Pero al ser, justamente, la cara más limpia de esta estructura de disciplinamiento la que se muestra, no puedo sino dejar de lado, por un momento, las memorias amorosas ―que si se viven con belleza, es cierto― y hacer el doloroso cotejamiento de los escenarios que también se muestran, pero por aquí, con los rostros más sucios y sufridos del problema: los del hacinamiento, la falta de salubridad, las penas sin sentencia y el eterno corroerse de la vida sabiendo que por afuera al aparataje judicial le faltan condenas enteras para parecerse a un efectivo sistema de justicia y rehabilitación.
Pero como es legítimo agarrar de la madeja historial el hilo que más convenga, volviendo sobre los cauces que configuran este relato coral anclamos sobre la superficie más simpática: el Festival de la Canción que cada septiembre se celebra en la prisión de Soto del Real, en Madrid, donde participan reclusos de otras prisiones que son elegidos luego de una clasificación interna (claro, interna).
Ocho personajes en total que van apareciendo de a poco y soltando sus historias frente a una cámara que se mantiene a distancia prudente, respetando el dolor y compartiendo con mesura las algarabías fugaces. De ellos la mitad son inmigrantes de cara pesarosa, aunque Christian, el compatriota de origen costeño, suelta de cuando en cuando las sonrisas de su temple jovial. Cayó por haberle apuñalado al nuevo de su ex, pero una vez adentro encontró otra y se casó. De a anillos y con pastel. Y ni siquiera a eso le impuso la dirección, en la filmación y en el montaje, los redobles del tambor como para cuidarse de no explotar en demasía el drama que de por sí ya tiene suficiente el recorrido entero. Ni a eso ni a las finales del festival que gana y vuelve a ganar, en las dos ediciones que reseña el documental, Norma, una mexicana de piernas tersas que por llevar un paquete de encargo tiene que inventarle a su hija las excusas para no ir a verla en otra navidad. Y en otra.
Junto a ellos el lituano Rudolf y el argentino Beto, poniendo en perspectiva otro de los contextos de fijación imprescindible: la inmigración, como una bestia de mil cabezas. Y una vez más, entonces, aparece como inscripción de cardiograma la oscilación de emociones tendida con prudencia, y donde ni los eventos que modifican trascendentalmente las vidas de los reclusos ―matrimonio, libertades― se exacerban con suspenso. Se mantiene el registro de dirección pulcro, tal vez con algo de rutina, podría decirse, pero con lo que en beneficio se logran imágenes que rozan lo poético, como las de las postales familiares en retrato frontal, que por los encuadres angulados parecieran dejar espacio para el hermano ausente.