El Otro Cine
Un poeta necesita la tragedia
Por Alejo Casares S.
Un poeta ha muerto. Su rostro dibujado sobre el mármol negro de la lápida se mezcla con los cientos de gangsters que yacen en el mismo cementerio, mientras la gente lo olvida a él y a su obra. Llegado el invierno, la gruesa capa de nieve cubrirá también la memoria de una generación de rusos que tiene algunas cosas que olvidar. Una década después, la vida continúa aunque las promesas de un futuro mejor no se vayan a cumplir jamás. Es el escenario ideal para quitar un poco de esa nieve y conocer a Boris Ryzhy, el poeta de la Perestroika.
Viejos y fríos condominios son el punto de inicio de los intentos por revivir a Ryzhy en la memoria de quienes fueron sus vecinos y amigos de infancia. Su hermana Olga, un poco titubeante, toca las puertas y pregunta por el pasado, recita poemas dolorosos que hablan sobre el amor, la muerte, la tragedia de pertenecer a una generación que vio sus sueños destruidos por los cambios políticos. No obtiene buenas respuestas. Algunos no lo recuerdan, otros ni siquiera quieren hablarle, le temen a la cámara porque viven en un mundo donde se prefiere el anonimato. Pero poco a poco el espectador puede descubrir quién fue este hombre que prefirió la muerte sin importarle ni el potencial literario que tenía todavía por desarrollar, ni la familia que había formado.
Armada de una pequeña cámara, la directora holandesa-rusa Aliona van der Horst sigue a Olga y captura los recuerdos de quienes conocieron al poeta. Y así, casi sin esperarlo, se revela un capítulo decisivo en la historia moderna: la separación de lo que fue la Unión Soviética. Amigos de la infancia, poetas y vecinos dejan escapar sus impresiones sobre los cambios que ha sufrido su forma de vida: el drama de una generación que vivió el fin del comunismo cuando terminaba el colegio y que no encontró un lugar propio dentro del nuevo orden.
Por eso quienes hablan son criminales, tienen relaciones con la mafia u ocultan detalles incómodos de sus vidas. Gente trabajadora que no encontró otra opción que sobrevivir de esa forma.
Así se nos cuenta la historia de Boris Ryzhy. Ayudados por fotografías e imágenes televisivas de hace 10 años, más algunos de sus poemas, descubrimos las historias que contaba este apuesto hombre sobre la gran cicatriz que le atravesaba la cara, el importantísimo premio literario que le otorgaron con tan solo una publicación, o su violencia interna. Y también conocemos a su hijo Artyom, quien no ha leído sus poemas porque ni siquiera parece importarle.
La sutileza con que la cámara logra abrirse paso y atraviesa las obvias barreras iniciales que le interponen quienes la encuentran de frente, logra la intimidad propicia para que el pueblo ruso hable con desparpajo de sus inconformidades. Es el escenario ideal para enfrentar la más cruda y desenfadada poesía, reflejo de la vida de su autor. La tragedia como leitmotiv y la muerte como su definitivo final. Queda claro en sus propias palabras: “Dicen que un poeta necesita una tragedia. Yo creo que ser poeta es suficiente tragedia”.
*Alejo Casares S. Escritor, comunicador y bloggero. .(JavaScript must be enabled to view this email address)