El Otro Cine
Aquellas cosas que vemos
Por Bolívar Lucio
Franklin D. Roosevelt no habría ganado las elecciones de 1933 si la campaña se llevaba a cabo 30 años después. No es un punto de vista político, sino mediático porque apunta a la dificultad de que resulte electo un presidente en silla de ruedas. FDR estaba paralizado de la cintura para abajo desde 1921, pero fue una condición que no se publicitó y el mismo Roosevelt no la aceptaba para sí: la silla de ruedas sólo la usaba dentro de su casa y sus asesores desaparecían ante los fotorreporteros las muletas que le servían para caminar. No se sabía que este famoso presidente estadounidense de la Depresión y la Segunda Guerra sufría esta discapacidad. A pesar de ella, como nadie antes o después, ganó las presidenciales de EEUU cuatro veces seguidas. A pesar, también, que su vida privada sería hoy comidilla para el sensacionalismo. Pero, ¿a quién le importó? En los tiempos en que la televisión no existía, la voz e imagen de este presidente eran las de un héroe.
En Videocracy, las frases de Berlusconi son cínicas. No importa que no sean verdaderas mientras sean contundentes. Aunque esto le puede importar a mucha gente, este documental muestra que importa poco que importe. Puede sorprender como si se tratara de una farsa política pero, visto desde dentro, es un mundo controlado por la televisión en el que la gente se inspira en cínicos despiadados. Pero también es menos grave: desde la propia casa y sin tener que pensar, entretienen las noticias de farándula y deleitan mujeres hermosas y semidesnudas.
Una toma casi al final del documental de Erik Gandini muestra los techos sobrepobla- dos de antenas de televisión: la sociedad italiana cree en lo que ve; mejor dicho, sólo lo que se ve y es popular puede ser cierto. Las imágenes son las del barrio donde vive un joven que ve su oportunidad en la televisión. Es posible que no lo consiga nunca y que deba hacer lo que teme: seguir con su vida y su trabajo invisibles; pero la televisión sostiene algún tipo de esperanza; más que eso quizá: de sentido; el 88% de los italianos usa la televisión como fuente de información, es su entretenimiento y rutina. Dada la magnitud que tienen los medios y que éstos pertenezcan a un solo dueño, no es su culpa directa que un Primer ministro de las características de Berlusconi ocupe el cargo. Como tampoco que al público no interese que el célebre reality Gran Hermano tome su nombre de una presencia incontrastable a la que los ciudadanos están unidos por un vínculo represivo demasiado parecido a un afecto profundo.
El documental de Alberto Arce y Mohammad Rujailah, To Shoot an Elephant, actualiza uno de los más recientes capítulos de la historia del conflicto entre árabes y judíos: el bloqueo de la Franja de Gaza a finales de 2008.
La de los palestinos, es la historia que se ha invisibilizado. Lo que está en los medios es el “milagro judío”: riegan el desierto con agua de mar desalinizada; tienen una población disciplinada y unida, lo que les ha significado conquistas militares; ejercitan una ética de trabajo que ha apuntalado el desarrollo económico. La comunidad internacional, aprovechando la conveniencia política de suponer que ciertas tendencias históricas se resuelven solas, ha preferido no pronunciar- se de manera definitiva frente al conflicto.
Llueve en una ciudad de la Franja de Gaza y el auto desde donde están filmando avanza despacio. La gente, que se reúne en las calles y hace fila quizá para acceder a alguna provisión, sólo mira al lente y al auto que se aleja. La proximidad del drama no se puede procesar de inmediato, porque la crudeza es real, directa. La grabación se hace cámara en mano y registra una situación al mismo tiempo cotidiana y brutal. Al transcurrir las primeras escenas se tiene noticias de un bombardeo a locaciones civiles vecinas. Poco después, sobre una carreta llegan varios hombres y mujeres que traen a niños heridos, no todos sobreviven. La cámara llega al hospital. ¿Qué abre una brecha entre éstas y las imágenes de un periódico sensacionalista? La sangre de los heridos, los ojos vacíos de los muertos pueden ser los mismos, sólo que el contexto nos alerta de otra forma.
Las horas pasan, se oyen aviones, el resplandor de incendios lejanos confirma el comienzo de la invasión terrestre. Los palestinos dicen que no hay razón, que destruyen edificios que sirven para embodegar medicamentos. Aunque lo estén, los hombres no parecen asustados: los que cualquier día pueden morir saben que ni siquiera pueden rescatar a sus muertos. Más adelante la gente debe dejar los barrios en que vive. Parecen serenos, aunque eventualmente los hombres y mujeres más viejos increpan a los reporteros para que hagan algo. Tal vez lo que lle- va a seguir viendo es el hecho de que no es una guerra, el contendor no existe. No es ni siquiera Hamas. Este documental muestra una parte de la operación “Hierro fundido”; las víctimas del lado israelí fueron 13, del lado palestino 1400.
Burma VJ es un filme del danés Anders Østergaard que fue nominado al Óscar 2010 y ganó un premio en el Festival de Sundan- ce. Emplea técnicas de filmación similares a las usadas en To Shoot an Elephant y las circunstancias no son mejores. Burma (o Myanmar) es un país empobrecido del sudeste asiático que soporta la presencia de un régimen militar despótico desde hace más de 40 años. Si del trabajo de rodaje de Arce se puede decir que jugó el papel de testigo ocular y que estaba tan envuelto en lo que sucedía como los otros protagonistas de la historia, Burma VJ es un trabajo cuyo contenido se ha decantado gracias a un oficio periodístico. No es una sola cámara, sino un equipo de videoperiodistas que salvan los obstáculos de un gobierno que sólo permite que se difunda su imagen de la realidad.
La historia se desarrolla desde el relato de un periodista, Joshua, que se ha exiliado por- que su vida peligraba. Sus colegas están en las calles, camuflan sus cámaras en bolsos y filman lo que ven hasta un segundo antes de que sea tarde. La grabación no se interrumpe, sino que la filmadora sigue operando, si bien sólo se escucha que el periodista corre para ponerse a salvo de los militares. Las imágenes grabadas tienen que “contrabandearse” fuera del país a través de la Internet y las agencias noticiosas europeas difunden esa información como primicia. El régimen mi- litar desmiente, los periodistas se arriesgan y consiguen nuevas tomas: es un círculo de interpretaciones —una verdadera, otra impostora— que se intercalan y no se cierran.
Al principio, el periodista en el exilio, recuerda el levantamiento civil de 1988. El saldo de la represión militar fueron 3000 muertos; como nadie fue juzgado por esas muertes y el gobierno mantuvo sus funciones, él se pregunta sobre la futilidad de ese esfuerzo. El nuevo levantamiento, corre el año 2007, tiene el respaldo de miles de monjes budistas. El comentario entre los reporteros es que ahora sí vencerán, que a los monjes no se atreverán a tocarlos: en las marchas hombres comunes y religiosos marchan jun- tos y llegan a la casa en donde la líder de la oposición vive arrestada. No obstante, al día siguiente apresan (y desaparecen) cientos de monjes; el cuerpo de uno de ellos aparece flotando bocabajo en un riachuelo. Al desmantelamiento de las marchas sigue la exposición de los periodistas clandestinos, que se ven obligados a dispersarse y esconderse. Joshua, desde el exilio, sólo espera el momento adecuado para volver y empezar otra red de periodistas, desde cero.
*Bolívar Lucio. Escritor y editor. .(JavaScript must be enabled to view this email address)